Un mail con remitente de Hugo Francisco Rivella en la casilla de correo. Primera línea: "Un amigo me dijo: - Negro, parece que se enteraron de que andás limpiando el nicho, por eso te premiaron". Y seguidamente el escritor oriundo de Rosario de la Frontera, Salta, pega el link azul que desovilla una nota publicada por el sitio del diario venezolano Noticia al día, y que se titula: "Poeta argentino gana el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2016".
El poeta argentino es él, Rivella, y el prestigioso galardón obtenido se enmarca en las actividades conmemorativas organizadas por el Instituto Nicaragüense de Cultura en el centenario de la muerte del "padre del modernismo literario".
Rivella dice que escribe desde siempre, aunque publica desde hace poco. Quizá por eso su nombre resulte desconocido para muchos en Salta, calcula. Paradójicamente, su obra viene siendo reconocida desde hace un tiempo a nivel internacional. En este caso el poeta ensaya una explicación citando al polémico escritor Ignacio B. Anzoátegui, quien supo resumir con cruda ironía la lógica de algunos reconocimientos: "Creo que como ya no queda nadie, me ha empezado a tocar a mí".
Pero estas disquisiciones no deben distraer al lector de la razón de fondo: Hugo Francisco Rivella escribe una poesía fuerte, rotunda y empecinada, fundamentada en la pura vivencia de alguien que ha hecho de la búsqueda su mejor compañía.
El Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2016 está dotado de 5 mil dólares y la publicación de la obra ganadora. Rivella viajará en las próximas semanas a Nicaragua para recibir el galardón. Antes (el 10 de marzo) hará una parada en Ecuador para recibir otro lauro: el Premio Internacional Paralelo Cero 2015, que obtuvo hace poco con su libro Las yeguas y las rosas, que será editado por el Ángel Editor.

¡Otro premio! ¿En serio creés que el destino suele ser irónico con los artistas a la hora de abrirles la puerta a los reconocimientos?
No sé si es irónico. Uno es la ironía en la vida. Sus vericuetos. Lo que sé es que el reconocimiento es ajeno a uno. En realidad uno termina de ser cuando el otro te define. Alguna vez leí un reportaje de Ignacio B. Anzoátegui en el que decía: "Como ya no queda nadie, me ha empezado a tocar a mí". Es mi caso. Más que cualquier premio, me parece, lo importante es la obra que uno puede llegar a dejar. Los otros días murió Jorge Leónidas Escudero, un inmenso poeta sanjuanino, un desconocido para el gran público, incluso para los poetas o los que escribimos poesía.

¿Escribís desde Rosario de la Frontera o desde otro lugar?
Linda pregunta. Uno escribe desde donde vive. No importa el lugar. Yupanqui escribió hermosas canciones de nuestra patria viviendo en Francia. Otros se desgañitaron de universalidad y no pasaron del Mojotoro.
Cada uno tiene una marca en el orillo, no importa dónde viva sino desde dónde escribe. Y uno escribe desde su pueblo y de lo que le escarba el hueso
Uno siempre habrá de ser un forastero frente al paisaje. Lo que no dejará de ser nunca es la mirada que te permite ver el mundo desde ese hombre que lo mira.

Desde este punto del lugar, de la geografía y de cómo lo poético conecta, o no, con el contexto. ¿Cuál es tu situación? ¿Cómo conectás tu poesía con tu entorno?
Uno es el contexto porque también es su circunstancia. Es imposible escribir eviscerando lo que uno es realmente. Todo lo que uno vive es referencial a lo que conoce o imagina. Una lágrima es parte del agua y de la emoción. El agua es parte del río. El río es parte del mar. El mar es el corazón del agua.
Escribí el libro Centro de tormentas en el que, entre otras cosas, hablo de Juana Arias, de Algarrobal Viejo, de los desmontes en General Pizarro, de sus luchas contra la sojización del campo. Escribí estando en Bahía Blanca, mirando el mar. Me parece que la poesía te liga al entorno de tus vivencias.
Uno es el todo sin fisuras, aunque esté hecho de grietas.

¿Cuándo y cómo adquiriste conciencia de que escribir poesía iba a ser parte de tu vida?
Desde que amo. Desde que amo como amo la vida. Desde que amo a la mujer que amo. Vivo poéticamente. Todos vivimos poéticamente si amamos lo que hacemos. Proteger a los hijos, cuidar el huerto, la nota que escribimos, el libro que leemos... Muchos podemos traducir en palabras lo que vivimos, otros sienten de tal modo que les sobran las palabras. Capaz que escribo poesía porque no soy capaz de amar como otros aman.

¿Hubo una reconstrucción de tu poética? Desde el punto de vista de la forma, de la estructura del poema, ¿qué es lo que cambió?
Yo soy el que va siendo, diría Castilla, y en ese ir siendo uno es lo que ha leído. Cuando uno complejiza las lecturas, sin duda amplía la mirada del mundo, y por supuesto su poética. Yo por ahí digo que uno está hecho de desechos, como Frankestein.
El conocimiento te permite ser libre y, en ese caso, te da herramientas para mejorar tus escritos. Nunca me preocupó ni la forma ni la estructura del poema. Alguien decía que algunos creen que escribir poesía es escribir "cortito y para abajo". Yo soy medio atorrante cuando escribo, y no me importa si pongo puntos o signos de admiración, sí utilizo muchos adjetivos o demasiadas metáforas (procuro no abusar de ellos, eso sí). En un libro que sale en abril, Endentro de mí y el poema posible, en Ediciones del Dock (una colección que anda de la mano de Santiago Sylvester), digo: "Poeta, escribe / hasta que la eternidad te pida perdón de rodillas".

Parece que estos últimos años han sido muy fructíferos para tu poesía. ¿Qué es lo que ha impulsado tu escritura más reciente?
En realidad empecé a salir por el año 2009. A instancias de Héctor David Gatica, un gran poeta riojano que me dijo: "Hay que prenderle una vela al santito". Teresa Kuky Leonardi me decía hace como tres años que yo era un "poeta secreto" porque nadie, o muy pocos, me conocían en Salta. Yo le decía que en Salta pocos escucharon hablar de mí... y, en cambio, en Europa, directamente nadie oyó hablar de mí.
Estuve muchos años escribiendo y sin publicar, razón por la cual tengo un poco más de 40 libros inéditos. Esto de los premios y de los viajes me ha dado mayor visibilidad. También, como hago desde hace años, me ha dado la posibilidad de llevar (y traer) libros de otros poetas para que podamos disfrutar entre todos. Lo pueden decir los poetas amigos. Hablando de esto, quiero contarte que acaban de aprobar un proyecto, a través de la Secretaría de Cultura, para realizar "La palabra visible", que es un mapa de la poesía de Salta. Recorreré la provincia y ahí estarán los brazos y la inteligencia de los amigos, como Santos Vergara, la Kuky, Carlitos Müller, Darío Villalba, Fernanda Agüero y Elisa Moyano para ayudarme. Y la lista sigue, aunque esto es parte de otra historia.

En Salta hay una fuerte tradición poética, con nombres valiosos que ya fueron estampados en el mármol. Y luego hay varias generaciones posteriores que -da la impresión- llevan largo tiempo sin poder despegarse del rótulo de "los que vinieron después de...". ¿Lo percibís así?
Va a ser difícil sacarse el mote de "los que vinieron después" cuando los que estuvieron antes fueron los nombres de Castilla, Regen, Adet, los últimos años de Giannuzzi, Aparicio... ¿Importa sacarse el mote? Yo no quisiera despegarme de nadie porque a ellos me liga la hondura de lo que escribieron, en todo caso debo leerlos y releerlos junto a otras lecturas para, de ese modo, encontrar lo que no sé que busco. Lo importante es buscar. Buscar con desenfado, a rienda suelta, experimentar y trastocar el lenguaje. Buscar en los huesos de Walt Whitman, de Charles Bukowski, de Allen Ginsberg, de Juan Gelman, de Saint-John Perse, de Jaime Jaramillo Escobar... Después hará uno lo que pueda. Porque escribir poesía es como arrojarse a los brazos de una mujer invisible.

Su poesía

Una rosa a los pies de la cruz

Lavé mi rostro con agua de rosas para verme lozana y caminar al viento sin cerrojos,
ni llaves,
ni puñales ni sombras que me anuden al tiempo.
Lavé mi rostro con semillas de tagua,
con leche de las mamas de la furia y el viento,
de las diosas guerreras
y la muchacha sola que en un cuarto desvive su silencio.
Viento de soledad.
Roca de flores negras.
La ciudad opaca el cielo,
el callejón del pez,
la plaza del domingo,
el beso hasta la muerte de los enamorados.
Lavé mi rostro camino de la cruz.
Caí arrodillada ante mí como un náufrago.
Miré por mis heridas los ojos de mi madre,
la canción del ladrón y la danza
de la bailarina que me enredó a su cuerpo como a un ave secreta.

Relincha el campanario cuando el hombre desflora la mañana,
corta una rosa del calvario y la arroja a los pies de la cruz.

(Del libro Las yeguas y la rosa)

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