Volvía el tren a Atocha y así arrancó Sabina su segunda cita en Madrid, que era más una reconciliación (amistosa, deseada), que un concierto. "Tantas solidaridades me han conmovido hasta los huesos", reconoció el cantautor, en referencia a su ataque de pánico del pasado sábado. Después, divertido (en ningún momento hubo drama), reconoció haber cumplido "esa fantasía de saber lo que haría la gente en el entierro de uno". Los deberes de estaban claros y tanto él como su banda los cumplieron de sobra: "Vamos a dar el mejor concierto de nuestra vida". Y quizá lo fue, quizá no, pero desde luego el de Úbeda hizo feliz a su público y, por los gestos rescatados en la pantalla, a sí mismo. Abajo lo acompañaban sus amigos: Serrat, Ana Belén, Victor Manuel, Jorge Drexler e incluso el productor del disco que se homenajeaba, "19 días y 500 noches", Alejo Stivel.
Y si la locura de los aplausos se sucedió como una manada de energía y ganas contenidas, Antonio García de Diego dejó mudo al público con su voz y su guitarra, que Sabina interrumpió para cantar "Así que de momento nada de adiós, muchachos". "Tan joven y tan viejo" entre los dos, que parecen saber que se lo deben casi todo.
Hubo tiempo esta vez para bises, que corrieron de un lado para otro entre princesas, aves de paso, contigos sin ti y conductores suicidas. La banda, que suena como si fueran mellizos que eligieron distintos tiempos de gestación y ya están todos en casa, se lució en perfecta sincronía con el autor y por si solos.

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