El jueves pasado se estrenó en todo el país "Cien años de perdón", dirigida por Daniel Calparsoro, quien definió al film como "un thriller de robos y una historia de amistad y gente al límite".
Junto a Joaquín Furriel, Rodrigo de la Serna y Raúl Arévalo, Luciano Cáceres protagoniza Cien años de perdón, "una de bancos", que combina el suspenso, el humor y la multiplicidad de los vínculos con escenas imponentes filmadas entre Buenos Aires y Canarias.
Una película de alto voltaje con una rica galería de personajes de todos los ámbitos sociales donde el puro entretenimiento da paso a una reflexión más profunda sobre la condición humana.
Antes de su desembarco en la pantalla grande, un grupo reducido de medios conversó con Luciano Cáceres.
Y El Tribuno estuvo ahí.
Una gorra de estampado camuflado esconde el rubio platinado que usa para su rol en Los ricos no piden permiso.

¿Cómo fue ponerse en la piel de Varela, un racional y experimentado ladrón?
Hacer una película de un robo a un banco es maravilloso, con este nivel de producción y con un tipo que conoce tanto el género policial, que es tan grato a la hora de dirigir y trabajar, más este enorme elenco: todo daba para querer estar. Me toca un personaje particular, por ahí el más técnico, el más cerebral, el tipo que tiene manejo tanto de armas como de herramientas. Mi función en la película es muy eficaz y precisa. Eso también tiene que ver con el género: saber en este abanico de roles algunos más protagonistas, otros no tanto- qué fichita vos vas a poner en este rompecabezas y ser muy claro con esas elecciones a la hora de tu responsabilidad.

¿Qué podés decir de tu experiencia en una coproducción argentino-española?
Estoy muy contento con el resultado y la experiencia. Fueron seis semanas de rodaje en Buenos Aires, de muchas horas, de ponerle mucho el cuerpo. Estábamos los seis muy unidos, poniéndole mucho humor y energía, sumados a este séptimo escondido detrás de cámara pero viéndolo todo que es Daniel Calparsoro-, metido en el agua con nosotros, con gorro y traje de neopreno, muy enérgico y gritón. La sensación que me queda es la de haber hecho una película de acción, de aventura, y haberlo vivido como tal.

El el 40% de la historia, con los exteriores fue rodado en Canarias. La película, con una fotografía que bien podría emparentarse con lo gótico, ubica los ladrones en cierta zona heroica. ¿Cómo lo viviste?
Un poco, el motivo de la película es quién roba a quién. Pero, por otro lado, desde el minuto cero, estás viendo los reclamos de la gente común, ciudadanos: a uno le están embargando la casa, a otro le están negando la posibilidad de otra cosa. Inclusive al personal del banco: hay una lista de los que van a despedir. O sea, se está planteando desde el vamos una situación bastante molesta, de afano naturalizado por la ley, de alguna manera. Luego entramos nosotros, el plan falla y comienzan a aparecer los verdaderos chorros. Entonces, los empezás a querer a estos tipos. Y querés, como dice Varela, que esto termine bien.

¿Qué le deja la película al espectador?
La peli tiene multiplicidad de planos, cada una de las escenas es impresionante. Entretiene, mantiene la tensión, tiene humor. Y a la vez, si te interesa alguna capa más: que te deje pensando, reflexionando o te muestre algo de la realidad, también lo tiene.

¿Cómo definirías a los papeles que te llegan o encarnás?
Generalmente no me tocan roles introspectivos sino más expresionistas, más delirantes y no tanto para adentro. En mis elecciones me gusta ir alternando. En ésta me divertía contar una de bancos, me encantaba el elenco.

¿Solés proponer o acatar cuando recibís una historia?
Las dos cosas. Cuando me llega un guión, sabiendo cuál es mi rol, me aparecen impresiones, preguntas para hacer, para terminar, de construir o entender lo que hacer. Voy con una carpeta de propuestas, porque obviamente siempre está tu visión cuando leés. Uno suma aportes y empieza la negociación. Luego de finalizar esa etapa y establecerlo, estoy totalmente entregado. Yo no puedo hacer otra cosa que confiar en el que está mirando eso, porque es muy difícil imaginar desde adentro o en totalidad cuando lo que te toca es recortado. Con historias más chicas, se puede discutir un poco más, aparecen otras cosas. Acá no, porque depende mucho de la mirada del director.

¿Quisieras ganar más proyección internacional, ir a los Oscar, por ejemplo?
Soy muy agradecido a las oportunidades y a la formación. No me gusta pensar esto como una carrera. Por eso no pienso en esto de llegar primero o segundo, ni siquiera llegar a ningún lado. Nadie me corre y me gusta la idea de ir alternando, también con el circuito alternativo de teatro y cine, como con estos niveles de producción, que te van haciendo conocer a la actividad con otros recursos. Vas aprendiendo mucho y es parte del crecimiento en este recorrido de laburo, de este oficio que uno ha decidido para su vida.
Es un privilegio estar con laburo acá en mi país y con tantas posibilidades de elegir. Me tienta la idea de trabajar afuera porque conocer otros actores, otra forma de laburo, también he trabajado en otro idioma. Pero no es lo que más me tienta, sino los proyectos, los roles. No se trata de pensar en Hollywood, que obviamente está buenísimo. Antes, pensaría qué es lo que yo haría ahí.

¿En qué etapa actoral estás y cómo te vinculás con el hecho de ser “el malo de la tele”?
Estoy en un momento de formación constante, de aprendizaje, por ahí de mayor calma y de disfrute. Estoy en donde quiero estar, en el buen sentido, de tomar la elección y de asumirla. Ahora me toca ser malo en un programa de televisión y la estoy pasando muy bien siendo villano. Además me da una estabilidad en tiempo, y unos meses de saber que tengo unos horarios y eso me hace muy bien para mi vida como padre y esas cosas. Después una peli es una aventura que te va a llevar como cuatro meses. Hacer cosas para teatro también requiere otros tiempos, otra dinámica de ensayos y las funciones.
Ir alternando me hace bien, me potencia, me mantiene aceitando los motores.

¿Qué te pareció esta noticia?

Aparecen

Comentá esta noticia