Su aspecto frágil, producto de la edad, no condecía con su mirada impactante, profunda. Juana Dib tenía en los ojos el destello vigoroso de quien ha edificado su vida sobre firmes certezas. "Creo que después de la muerte no pasa absolutamente nada. Y no creo en el destino, sino en la injusticia humana", le dijo a El Tribuno en la última entrevista de Fernanda Abad publicada en noviembre del año pasado. Dib cerró sus ojos infinitos en este agosto agobiante de viento que arde, ayer, a los 91 años. Y aunque en los últimos tiempos poco y nada se movió de su casa, la mente maravillosa de la poeta no ha dejado de volar, de buscar y de crear hasta el último suspiro.

Nació en Salta el 2 de agosto de 1924. Ejerció la docencia en escuelas rurales y en la ciudad de Salta. Fue profesora de Castellano, miembro de la Junta de Clasificación y Disciplina del Consejo General de Educación, fundadora y directora de la revista escolar Chispitas; autora de Obras de Literatura Escolar, aprobadas por el Gobierno de la Provincia. También fue libretista de radio; dio charlas, conferencias y recitales. Fue vocal de la Caja de Previsión Social, miembro consejero del Instituto Argentino-Árabe de Cultura, filial Salta; miembro de la Sociedad Argentina de Escritores y miembro del Centro Salteño de Investigaciones de la Cultura Árabe. Juana fue incluida en la antología "Cien poetisas del NOA" II Parte. Publicó once libros; colaboró en diarios y revistas y fue jurado en numerosos concursos literarios. Era hija de padres sirios, la tercera de nueve hermanos criados como todavía se crían a los hijos en la aldea de Tumín, en la provincia de Hamah, donde las historias personales giran alrededor de un solo eje: la familia. "Tumín es el pueblo donde tengo a casi todos mis parientes. Hace cerca de dos meses fue atacado, bombardeado. Lo vi en la televisión. Es una aldea mansa de 2.500 habitantes. Todos tienen sus casitas y sus quintas. Es gente que trabaja de día y canta de noche. Desde que sucedió el ataque, no sabemos nada de mi familia. Es desesperante", le contó a El Tribuno en una entrevista en 2013.

Las masacres de civiles en Siria y Palestina desvelaban a esta escritora, que ha sabido también ocuparse del amor, de la historia, de la naturaleza y hasta de intrigas policiales. Una gran porción de su obra está inspirada en ese Oriente Medio "donde los horizontes se pierden/ porque la piedra se lastima/ y, sin rencor, devuelve rosas de arena".

Las primeras incursiones de Juana Dib en las letras tuvieron contexto de salones ornamentados y guardapolvos almidonados. La docencia la llevó a recorrer diversos puntos de la provincia, con más decepciones que satisfacciones. "Yo estoy un poco rebelde con la historia de mi carrera. Con el puntaje que tenía y siendo una alumna destacada, he tenido que iniciarme en una escuela rancho en Macapillo, 30 kilómetros adentro de Estación Quebrachal. Me anotaron 120 alumnos. Yo estaba sola, así que daba clases tarde y mañana. No aprendían nada porque eran chicos que pasaban hambre. Eso fue en 1944. Fueron inicios realmente tristes. Yo tenía la carga del inmigrante, por eso no me nombraban en la ciudad", admitía la escritora.

Como si en el aire se proyectaran, cinematográficamente, fragmentos de su vida, recordaba todo sin fisuras: "Tenía un alumnito, Carlos Dima, de 10 años, que enfermó de sarampión y murió. No soportó la debilidad que tenía. Era mi primera experiencia docente... y se me murió un alumno".

Después de ejercer la docencia en el interior, fue nombrada en la escuela Domingo Faustino Sarmiento. Pero, paralelamente, siempre dio clases particulares. Y no a pocos. "Tenía infinidad de alumnos. Llegó un momento en que no tenía dónde sentarlos en mi casa. Daba clases los sábados, los domingos, a toda hora. Fue un trabajo que hice olvidándome de mí misma", contaba, trayendo del pasado increíbles detalles que plasmaban su prodigiosa memoria.

El amor llegó tarde a su vida. Ella lo atribuía a que su vida se había llenado de sombras a los 16 años cuando tuvo que encargarse del hogar porque un hermano de 19 años murió en un accidente de trabajo y su madre lloraba todo el día. Por eso no se casó joven y tampoco tuvo hijos. "Me la pasé abriendo la boca, creo. Porque hice una vida demasiado dedicada al trabajo. Tuve cantidad de pretendientes. Me casé con un hombre que me quiso cuando yo era joven, y después de que él enviudó, volvió a buscarme", dijo en una charla.

Así, desde que recitó aquel poema "horrendo", a los 6 años, en un acto escolar, Juana Dib no ha dejado de crear. La muestra de su energía inagotable es "Hierro dulce", el libro de semblanzas poéticas que la escritora presentó el año pasado, en el que incluye retazos de su vida llena de ausencias y de generosidad. "Es difícil pensar que una mujer que no ha tenido hijos pueda sentirse realizada en la vida. Siento eso porque para la cultura árabe el eje de todo es la familia. Yo no he sido de fiestas; jamás en la vida me he comprado un collar. Mi centro vital fue mi hogar. Pero bueno, eran otros tiempos. En mi casa éramos nueve hermanos; hoy hay siete sillas vacías", dijo con ansiedad y nostalgia hace menos de un año.

Imaginemos a Juana hoy, con todos, fundida en un soñado abrazo inmaterial y fraterno.

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