"Kóblic no es una buena persona" dice Sebastián Borensztein. El realizador del film protagonizado por Ricardo Darín y Oscar Martínez, recibió en exclusiva a El Tribuno para hablar de la película que se estrenó hace poco más de una semana, del cine y de la vida. "Una buena persona se levanta a la mañana y no se sube a pilotear un avión llevando gente a la muerte. Una buena persona dice: no señores, yo no voy. Se escapa antes. Que él se niegue a terminar de cumplir con su orden no le quita responsabilidad a lo que hace. Por otro lado, tampoco es que se va y va a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a denunciar lo que acaba de vivir, sino que huye como una rata y compromete la vida de mucha gente", explica el cineasta y desata un diálogo imperdible.

¿Cómo definirías entonces la trama de Koblic y a su protagonista?
No veo ningún tipo de reivindicación ni de bondad en Kóblic. Sí veo que es el único personaje que muestra remordimiento por lo que hace. Por ahí puede venir la identificación, pero si mirás objetivamente no hay ningún elemento que te indique que es buena persona. Creo que hay suficientes elementos para ver cuál es su naturaleza y cuál es su contradicción moral. Mata para no matar. El tema de película es la contracción moral: tu conciencia te persigue vayas donde vayas porque hiciste algo que no hay que hacer, a sabiendas. La premisa de la película es: de tu conciencia no hay donde escaparte.

¿Qué se siente al pasar de "La suerte está echada" y "Un cuento chino" a "Kóblic"?
Eso es lo divertido de ir evolucionando en el camino de uno. Yo soy un tipo que me permito dejarme llevar, por lo menos cinematográficamente hablando, por mi deseo. Nadie me obliga a hacer cine. Lo hago cuando tengo ganas y cuando me motiva una historia. Eso va mucho más allá del género. No es que yo tenga una estrategia de hacer dos comedias y un thriller. La estrategia aparece en el momento en que decido hacer una película y pienso en cómo llevarla adelante, pero no pienso en dar mi próximo paso para demostrar mi ductilidad. Yo no tengo que demostrarle nada a nadie, tengo que hacer una película cuando realmente siento la necesidad de contar una historia, cosa que no me pasa todo el tiempo y por eso han pasado varios años entre una película y otra, porque realmente me lo tomo muy en serio.

¿Dirías que tu motivación es puramente artística?
No hago películas para pagar las cuentas. Tengo otra actividad cinematográfica paralela que me permite pagar las cuentas y hago una película cuando realmente me siento muy motivado para contar una historia, porque describo un proceso cinematográfico como un proceso muy largo, casi como un viaje a otra galaxia. Es un viaje a Marte. No es voy y vengo el fin de semana, es un año de ida y otro de vuelta. Hay que tener ganas, combustible, entusiasmo, bancarse lo que pueda pasar, la incertidumbre. Saber que te embarcás en un túnel larguísimo donde no hay salida hasta el final. Embarcás a otras personas y a gente que pone plata. Para mí es una pesadilla la sola idea de pensar en estar embarcado en un proyecto de cine y, a mitad de camino, sentirte perdido en la noche. Por eso realmente pienso mucho qué hago.

Además de cine dirigís publicidad ¿cómo te vinculás con esos dos ámbitos?
Son dos cosas distintas. Una cosa es hacer una película y otra es hacer cortos comerciales. Tengo muy claro cómo tengo que comportarme cuando hago cada una de esas cosas. Cuando hago publicidad, tengo absolutamente claro que filmo una película que no es mía, creada por una agencia de publicidad para que un cliente venda un determinado producto. Soy un engranaje en una maquinaria. No elijo qué filmar y qué no. Hay que filmar un coche, un celular o un shampoo y lo hago. Me muevo en ese territorio. Con el cine funciono de otra forma: filmo lo que yo quiero, como yo quiero, y para mí. Soy director de cine, guionista, director de cine publicitario, y me pued desdoblar. Filmé un comercial hace una semana, y me llaman porque soy un buen contador de historias. Cuando necesitan alguien que dirija actores y cuente historias, me llaman. Cuando necesitan alguien que filme pelos al viento no, porque la cosmética no es lo mío. Tengo ese nivel de ductilidad. Uno es mi oficio cotidiano con el que alimento a mi familia y el otro es la vocación de hacer cine.

¿Cuánto te aporta la publicidad?
Aunque parezca mentira, la publicidad me permite mantener un nivel de entrenamiento interesante. Yo pongo el ojo en una cámara todos los meses. ¿Tengo que filmar una galletita? No importa. Pongo el ojo, me fijo el cuadro, la composición, la síntesis narrativa. Un cuentito de 30 segundos que se cuenta en 14 planos, es un ejercicio increíble. Para un director como yo, hacer publicidad es como salir a correr para un deportista. Hago muy alegremente mi trabajo de director de cine publicitario. Eso me permite evolucionar y estar actualizado.

¿En algún momento te pesó ser el hijo de Tato Bores?
Me pesó en la adolescencia, que es una etapa donde eso ocurre. Le decía: "No me vengas a buscar, no quiero que te vean". Uno no quiere que lo vean distinto sino igualarse a los demás. Porque si salís del montón sos raro, aún cuando esa rareza sea buena. Cuando sos chico querés estar en la masa. Pero después siempre fui hijo de Tato Bores. No es que fui su hijo a los 14 y antes tenía otro padre.

¿Alguna vez envidiaste la suerte de los hijos de padres anónimos?
No, y no puedo comparar, no sé cómo es tener un padre anónimo. Cuando yo nací, mi viejo ya era un ícono de la televisión. Es increíble, pero cuando yo nací mi papá era el tipo más visto de la tele nacional junto con Pepe Biondi.
Por otro lado, en el hecho de trabajar en un medio afín, haber sido el hijo de Tato Bores me cargó de una gran presión, que si me hubiera llamado Sebastián Fernández no la hubiera tenido.

¿Cómo fue esa presión?
Me abrieron la puerta y me dijeron "ahora demostrá que valés algo porque si no, salís volando por la misma puerta por la que entraste". En su momento fue una presión muy grande. Pero cuando empezamos a trabajar, tanto mi hermano como yo, sentíamos que teníamos con qué. No es que mi viejo se había vuelto loco y nos había puesto ahí porque estaba gagá. Todo en la vida se balancea.

Tu papá era la persona más vista de la tele con monólogos que llevaban a la reflexión ¿Por qué pensás que la TV actual no tiene que ver con invitar a pensar, sino con invitar al escándalo?
Podríamos reflexionar acerca de esto mucho tiempo y creo que habría muchas teorías. Yo creo que son diferentes épocas, diferentes sociedades. No me quiero ir muy lejos, pero me da la impresión de que el mundo tomó otra dirección, los medios tomaron otra dirección, otra dinámica, otra velocidad.

¿Creés que la globalización y la tecnología nos hizo más superficiales, tal vez, menos reflexivos?
En esa época de la que estamos hablando, cuando Tato Bores hacía televisión, el mundo funcionaba doce horas por día y las otras dormías. Mirabas televisión y a las 12 de la noche se acababa. Querías comprar manteca y tenías que esperar al día siguiente que abriera el almacén o el supermercado. La vida, desde finales de los '80 y comienzos de los '90 empezó a ser de 24 horas. Podés no dormir y tenés televisión toda la noche, te dan ganas de comer fideos con manteca, salís a la calle y vas a encontrar un lugar abierto donde comprar un paquete de fideos y un pan de manteca. Es decir, la dinámica de la vida cambió por completo, el biorritmo del planeta cambió por completo, ¿cómo no iba a cambiar eso también?

O sea, se viven intensamente más horas del día pero paradójicamente hay menos tiempo para pensar y reflexionar...
Tanto que casi no podríamos pretender una televisión que nos invite a la reflexión en un mundo que dejó de invitarnos a la reflexión hace muchísimo tiempo, imaginate que no nos permite ni siquiera dormir.

¿Qué te pareció esta noticia?

Aparecen

Comentá esta noticia