Treinta segundos o la mitad de un minuto de tiempo. Mario Benedetti diría que bastan para "mirar un árbol un farol, para andar por el filo del descanso, para pensar qué bien hoy es invierno" ("Tiempo sin tiempo").
Pero como no siempre se puede "chapotear unas horas en la vida" (otra tentación a que invita el poeta uruguayo), aparece algún personaje que irrumpe en lo cotidiano para recordarnos que la risa suele desprenderse de pequeños actos.
Por la mañana, frente al Aero Club, muchos conductores atienden al semáforo con impaciencia. Y no faltan los que maldicen el haber sido frenados por las señales de ese aparato que regula la circulación. De pronto, un joven -pantalón con tiradores, remera a rayas y rostro empastado de blanco- se para frente a ellos. Gorra en mano, saluda con un ademán amplio y cortesano. Una sonrisa le tironea de las comisuras de la boca cuando se encarna en un aro y se vuelve un giróscopo humano. Los conductores aflojan sus facciones ganadas por el tedio ante el espectáculo callejero de treinta segundos. Luz verde, saludo de despedida y ¡a recoger los billetes con la gorra!
Rafael Segovia (31) es bailarín profesional, pero cuando toma de vacaciones pasa la gorra por diversión. Salteño, vive desde 2004 en San Miguel de Tucumán. Allí fue a estudiar, a los 20, Ingeniería Electrónica en la Facultad Regional de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). Mientras cursaba, en 2005 tomó contacto con el estudio de danzas Viento Norte, donde asistió a clases de folclore. En 2007 entró en el ballet de la UTN, que quedó sin presupuesto ese mismo año. Los bailarines y su profesora, Carolina Paz, decidieron formar un cuerpo de ballet independiente al que llamaron Danza Evolución. Esta etapa también le trajo a Rafael una mudanza de propósito. Mientras avanzaba en sus estudios de Ingeniería sentía que cada materia se transformaba en un asfixiante tentáculo. Por eso, en 2009 y a los 25 años, se inscribió en la Facultad de Artes para aprender danzas contemporáneas. "Entendí que quería vivir de la danza y quería decírselo a mi familia, pero como me bancaban desde acá hacía las dos carreras y posponía la decisión", contó Rafael a El Tribuno. Del gran sueño del hijo egresado de una ciencia dura sus padres despertarían en 2011, cuando Rafael entró en el cuerpo estable del Ballet Contemporáneo de la Provincia de Tucumán.

Arte escénico

Rafael tomó contacto con la rueda cyr hace dos años con el maestro italiano Luca Pacella, a quien conoció en Salta y quien lo introdujo en el teatro de objetos. "Me enteré de que Pacella daba una capacitación acá y como había paro de colectivos de larga distancia en Tucumán, me vine en una moto pequeña a Salta, con otra compañera. Me hice amigo de él y me habló sobre la rueda. Me contagió la emoción con que me contaba su experiencia", recuerda.
Las ruedas profesionales son desarmables y de aluminio. Rafael confeccionó la suya con acero revestido en plástico. El instrumento mide 1,80 de diámetro y pesa 18 kilos. Su habilidad con la rueda le vale contrataciones en boliches y fiestas particulares. También instruye en este arte a adolescentes que concurren al Centro de Actividades Juveniles los sábados, en San Miguel de Tucumán. Y la ejercita en la plaza Urquiza de esa ciudad.
Su pasión por el arte es tan irrenunciable que siempre la alimenta con nuevas especializaciones. Ahora mismo se está capacitando para trabajar de mimo, con el objetivo de integrarlo con el circo y la danza contemporánea.
De su intervención en el semáforo salteño destaca: "Tengo más contacto con la gente a través de la máscara. La gente está con sus problemas, con la cabeza en el trabajo y, más allá de la plata, me lo agradecen mucho. Conocí la danza un poco tarde, a los 25 años, pero salí adelante y me gusta mostrar lo que sé hacer".
Cuando días pasados lo entrevistó El Tribuno, iba rumbo a Brasil, donde también se valdrá de sus gestos y movimientos para sorprender...

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