La literatura salteña es un cuerpo vivo, complejo, una literatura al mismo tiempo clásica y -de un tiempo a esta parte- excéntrica. Tiene pasado y tiene presente. A la par de los textos de los grandes próceres -eternamente releídos- circulan con diferente caudal las obras de noveles escritores que producen cruzando fronteras, desmarcándose de anquilosadas herencias, explorando su propia individualidad y generando una avalancha de paisajes desconocidos. En el Día del Escritor Salteño, convocamos a tres de estas nuevas voces para saber cómo transitan, desde sus cortos años, uno de los oficios más viejos del mundo.
Salvando las necesarias distancias, es justo afirmar que Salvador Marinaro, Daniel Medina y León David escriben con la misma fruición que lo hicieron Juana Manuela Gorriti y Juan Carlos Dávalos (en cuyo homenaje se instituyó esta fecha), Manuel J. Castilla, Walter Adet, Carlos Aparicio y Jacobo Regen, entre tantos otros. Los tres forman parte de una nueva generación que produce desde el vértigo, la furia y la ruptura con una "salteñidad" que ya no los representa.

Salvador Marinaro

¿Por qué escribís?
He pensado muchas veces en qué te lleva a escribir; qué clase de formación, experiencia o bebida alcohólica se necesita para impulsar el proceso creador. No creo haber descubierto una receta; más aún, lo único que encontré son más dudas. Dudas sobre mi propia literatura y dudas sobre la voz distinguida del artista sobre otras voces de la sociedad. No creo que escribir se diferencie mucho de cualquier otro oficio: se trata de una experiencia de construcción a partir de la materia y por eso no tiene sentido preguntarse el por qué. La construcción, el resultado es lo único que se autojustifica.
Por otro lado, con la pregunta del por qué se suele interrogar dos cuestiones: la causa (el artista como un ser "afectado" por una fuerza interna que lo posee y lo hace escribir) y el efecto (el escritor como un ser iluminado que conduce a la sociedad hacia adelante). Ambas posiciones están en crisis hace mucho tiempo y por eso creo que hay que volver a lo más pequeño: a considerar a la escritura como un trabajo, como un oficio de todos los días. Que se hace solo por el placer que genera.
¿Creés que hay una nueva narrativa salteña? ¿En tus textos hay marcas de esa escritura?
En los últimos años hubo un recambio generacional muy evidente en las letras salteñas. La narrativa es quizás la punta de lanza de ese recambio: no quiero decir que no hayan nuevos poetas, que son excepcionales (como Alejandro Luna y Darío Villalba), sino que el cambio de época se escenifica, sobre todo, en la nueva cuentística. Pienso en los libros de Fabio Martínez, Lucila Lastero y Daniel Medina. Sus cuentos tienen geografías urbanas, están centrados en las tramas personales y sociales.
Es difícil hablar críticamente de los propios textos. Pero no puedo despegarlos de las transformaciones sociales que ocurrieron en Salta en los últimos años. De algún modo, los autores jóvenes luchamos por despegarnos de una mirada provinciana, por alejarnos de la representación rural, institucionalizada (y turística) de la ciudad de Salta. Cada uno a su manera. Quizás este sea el rasgo de época: una literatura centrada en el conflicto, con una mirada crítica sobre el ser salteño.
¿Qué distancias ves con alguna "vieja" narrativa de la provincia?
Creo que mucha de la narrativa actual tiene una deuda con Carlos Hugo Aparicio (aunque a los autores jóvenes no les guste admitirlo): él fue quien exploró el margen, el cordón urbano y los conflictos sociales, casi por primera vez, en la literatura salteña. Aunque no sea "vieja" ni se dedique a las letras, creo que debemos incorporar a Lucrecia Martel entre las grandes influencias de la narrativa joven: ella es, sin duda, la narradora más importante que ha dado Salta en los últimos años. Su filmografía muestra cómo volver universal aquello que sucede en la provincia y escaparse de los lugares comunes.
En lo personal, creo que mucho de lo que escribo está marcada por la mirada poética de Jacobo Regen y Joaquín Giannuzzi; la palabra despojada, la sugerencia en primer plano, destacar lo mínimo y preferir la materia son grandes enseñanzas para la narrativa.
¿Publicaste ya algún libro? ¿Qué creés que hay que hacer en Salta para poder publicar?
Sí. Tengo dos libros publicados (gracias a los premios de la provincia) y algunos textos míos han aparecido en antologías. Creo que el camino de la publicación es muy arduo en Salta: existe un circuito muy reducido. No hay editoriales que se arriesguen a publicar autores desconocidos y está restringido a muy pocos lectores, que también escriben. En definitiva, es una práctica que se restringe a dos actores principales: el Estado y unos pocos artífices, muy loables, que imprimen y distribuyen a pulmón (como Fernanda Salas). En estos casos, el escritor debe ser un buen productor cultural.
¿Quiénes son tus referentes literarios?
Roberto Bolaño decía que cada escritor construye una Universidad Desconocida. Es decir va armando su propia tradición con los elementos que le han fascinado de las literaturas del mundo. A mí me han fascinado: la poesía japonesa, T.S. Elliot y Ezra Pound. Tengo una preferencia por la narrativa norteamericana: los cuentos de Sallinger, Cheever y Carver, que enseñan a preferir la trama por sobre la densidad de la prosa.
En la narrativa joven argentina hay una autora que es impresionante: Samanta Schweblin. Y más atrás en el tiempo Abelardo Castillo y Liliana Heker.
De los autores salteños siento admiración por todos los que he mencionado previamente, y por Teresa Leonardi que ha sido una maestra generosa y callada de muchas generaciones en Salta.

Daniel Medina

¿Por qué escribís?
Escribir es una necesidad, un vicio. Algo que no puedo dejar de hacer, es difícil de explicar racionalmente.
¿Creés que hay una nueva narrativa salteña? ¿En tus textos hay marcas que dé esa escritura?
Hay escritores jóvenes que están produciendo una literatura distinta. Se percibe en esos textos otras obsesiones e influencias, vinculadas al presente. Si hay algo "nuevo" en estos escritores es que por fin han dejado un pasado ficticio, impuesto por una supuesta tradición, y dan cuenta de lo que pasa ahora en la ciudad. La ciudad se impone con sus ritmos, su velocidad, su furia. Por otra parte, no sé si hay marca de "salteñidad" en mi escritura. En todo caso lo que he intentado hacer con mis cuentos es mostrar que hay otras formas de ser salteño, más allá de la establecida como única posible en las publicidades turísticas.
¿Qué distancias ves con alguna "vieja" narrativa de la provincia?
En los jóvenes escritores noto, de manera marcada, una obsesión por tematizar la violencia y el sexo, que por lo general no están de manera tan notoria en otros escritores. También la presencia del humor, como herramienta desacralizadora o como remedio ante la solemnidad.
¿Publicaste ya algún libro? ¿Qué creés que hay que hacer en Salta para poder publicar?
Publiqué Oparricidios, un libro de cuentos en 2014. El libro fue publicado por la editorial jujeña Intravenosa, así que no sé muy bien qué hay que hacer en Salta para poder publicar.
¿Quiénes son tus referentes literarios?
Joder, pregunta difícil. Debo citar al fantasma de David Foster Wallace, al de Roberto Bolaño y Carlos Monsiváis. Y también a Mario Vargas Llosa, Ian McEwan, Raymond Carver. Sinceramente creo que todos los que tenemos menos de 35 le debemos mucho a Matt Groening, Alan Moore, Frank Miller y a Jerry Seinfeld.

León David

¿Por qué escribís?
No tengo objetivos ni propósitos, y no estoy interesado en tenerlos. La poesía me ayudó a conocerme a mí mismo en mi juventud, me descubrí como un hombre pasional, de fuertes instintos. La poesía me ayudo a extender la mente, a elevar el espíritu, a experimentar el mundo. Escribo porque el aburrimiento es un sentimiento moderno, porque la ciudad es un santuario y un campo de concentración donde gobierna el Familiar, por una temprana toma de conciencia a los 17 años sobre la muerte.
¿Creés que hay una nueva narrativa salteña? ¿En tus textos hay marcas que dé esa escritura?
Yo soy un hombre que cree en el genio, en los héroes o antihéroes, llamalos como quieras. Existe una nueva generación de jóvenes artistas, pero no han encontrado todavía su propia voz interior, esa lucidez compleja y difícil de poseer, supongo que están en la búsqueda, todo dependerá de las capacidades que tengan para descubrir sus potenciales, de que sean capaces de perder los miedos y arriesgarse en la vida.
¿Qué distancias ves con alguna "vieja" narrativa de la provincia?
Soy consciente de que soy parte de un contexto y de una generación, pero no me siento parte de ningún grupo, de ninguna corriente ni de los círculos tradicionalistas ni de las vanguardias que plantean los jóvenes, me gusta estar alejado de todo eso. Prefiero la soledad de mi vocación. No hablaría de marcas, sino de heridas, mis textos forman parte de un determinado contexto histórico, social pero siempre desde una perspectiva intima, personal.
¿Publicaste ya algún libro? ¿Qué creés que hay que hacer en Salta para poder publicar?
Mi primer libro de poemas se llamó Jaguares- Los dueños de la Medianoche, publicado en el 2013. Son secuencias urbanas, violentas, imágenes sobre los barrios bajos, pinturas de San La Muerte en los paredones, el paisaje de los cañaverales, la cultura del paco, las diversiones juveniles, la ciudad, la presencia de símbolos guaraníes. Actualmente con los avances tecnológicos, los jóvenes escritores editan sus libros de manera independiente.
¿Quiénes son tus referentes literarios?
Nunca tuve un orden con respecto a mis referentes. Preferiría decir: aquellos autores que admiro. Escucho mucha música, puedo mezclar Julio Espinosa o Jacinto Piedra con Nick Drake, Miguel Ángel Bustos o Goethe, con autores de la filosofía, la antropología. Me alimento de todos los espacios, de todas las fuentes. El futuro del arte, mejor dicho, de la vida humana, del hombre siempre estará en la poesía y en la música, especialmente la música

Fragmentos

Extracto del cuento "Carne", de Salvador Marinaro

Trabajo para don Augusto desde que dejó el ingenio y vino a esta casa con sus siete hijos. Durante los primeros años, don Augusto salía todas las mañanas y volvía con un paquete de la carnicería, que según me dijo una vez, lo preparaban exclusivamente para nuestra familia. Después me lo entregaba y yo cocinaba la carne en el horno sin ninguna clase de agregados. Cuando estaba lista la colocaba en una bandeja de plata y la llevaba al salón comedor. La apoyaba en una cómoda al lado de la mesa siempre sin cortar. Ese era el rito de don Augusto, mi patrón y el padrino de mi hija Martita. Augusto agarraba la fuente, la ponía delante de él y sosteniendo firme con el tenedor, cortaba la carne para repartir los pedazos entre sus siete hijos. Los muchachos levantaban los platos casi al mismo tiempo. Algunas porciones dejaban caer una gota de juego sobre el mantel, y yo, para mantener la belleza del momento, les pedía que no se detuvieran.
—No importa después limpio— les decía y me quedaba en una esquina para verlos comer. Comían de una manera encantadora: cerrando los ojos al masticar, con las mandíbulas fuertes que marcaban cada uno de los músculos a sus costados. Siempre fue un honor trabajar para ellos, incluso ahora que escasea la carne. Cuando terminaban de comer, yo levantaba los platos y los llevaba a la cocina donde preparaba unos huevos o unos vegetales hervidos, para Martita y para mí. Con eso nos bastaba a los dos.
Lo recuerdo no porque tenga hambre, sino por el dolor que me causa verlos enflaquecer. Pasaron varios días desde la última vez que don Augusto vino de la carnicería. (...)


******

Game Over, de Daniel Medina


Iniciar juego. Tu avatar es alto, delgado, musculoso y blanco. No se parece en nada a vos. Ni siquiera en la ropa. Después de diseñarlo, le ponés un nombre: Mike te suena bien, Mike te gusta, es un nombre que inspira respeto y amistad, nada que ver con tu nombre, Martín, que ha derivado ya en tu infancia hacia Tincho, un apodo patético por donde se lo mire.
La cinemática de la presentación es algo tediosa y torpe. Los personajes hablan en salteño: dicen "chango", dicen "meta pue", dicen "te vua cagá matando", pero en un tono impostado y exagerado: como los que quieren impresionar a los turistas. Anotás este detalle entre las observaciones que les harás llegar dentro de 40 días a la empresa, y luego añadirás tu crítica a la trama. "Lo del criminal que tiene que rehacer su imperio es demasiado plagio", escribirás.
Cada vez que cae en tus manos un nuevo producto no podés creer que mientras otros pagan por jugar vos te ganes la vida testeándolos. Tus observaciones además suelen ser tenidas en cuenta y te has hecho de cierto prestigio dentro del círculo de fanáticos del videojuego, lo que puedes notar por la cantidad de likes y retuits que obtienen tus comentarios en las redes sociales.
Estás más ansioso que de costumbre. Te han dicho que este juego introduce factores nunca antes vistos y si bien es cierto que ya has escuchado muchas veces esta frase en tu vida, esta vez hay tres cuestiones que te inquietan: una, el resultado de una empresa provinciana en tratar de mezclar Sims, SecondLyfe y GTA; la otra, la convivencia junto a otros 60 testeadores, con sus propios avatares, algo realmente inaudito, y, sobre todo, el sistema de neurotransmisores que tenés puestos en tus sienes y que, según lo prometido, te harán sentir todo lo que tu avatar sienta. "Todo", resalta el aviso. Y eso sí que es algo nunca antes hecho.
La pantalla te muestra ahora las siguientes opciones de niveles de juego:
1-Oligarca
2-Rico
3- Clase media
4- Pobre y/o boliviano
Tal como sospechás, el nivel uno equivale a muy fácil: arrancás el juego en una mansión, y tenés comida, vehículos y armas y podés concentrarte en las misiones. En contraposición, en el cuatro, tu avatar está obligado a ocuparse de los parámetros básicos de subsistencia: robar comida, robar autos, robar armas y recién luego pensar en las misiones, con la policía siempre pisando los talones. Este nivel es solo para expertos.
Elegís la opción clase media. Ves que el departamento de Mike no es mucho más grande que el tuyo, pero sí está limpio y por la ventana la vista es agradable. Se despliegan muchas opciones para redecorar el lugar. Solo por divertimento pones una computadora y una silla de escritorio y un poster de tu banda preferida, y luego cerrás esa opción porque te hace sentir una decoradora de interiores.
Decidís recorrer la ciudad y ningunear todos los llamados de misiones. Te subís a tu auto y simplemente deambulás, disfrutando de la calidad de imágenes para recrear en detalle el lugar donde creciste. Vas despacio, como paseando, pero no por eso dejás de atropellar a uno que otro peatón para sumar puntos, hasta que una figura se cruza y pisás los frenos por la sorpresa: estos psicópatas metieron niños, no lo puedo creer, decís y luego aceleras y le pasás por encima. En breve notarás que también hay perros, que atropellar a perros y niños te otorga más puntos que pasarle por encima a las 14 o 16 variaciones de adultos que caminan por las calles.
De a ratos debés parar el auto y comprar comida y bebida y si bien es cierto que casi podés sentir en tu boca el sabor del producto consumido, al final del día creerás que esto es sumamente molesto y dentro de unos días llamarás a la empresa solicitando alguna contraseña que permita cubrir el nivel de alimentación porque se te hace tortuoso estar en medio de una misión y que tu avatar te exija un choripán.
Buscás a los otros jugadores, sin mucho interés, pero estás atento. Sus avatares deberían diferenciarlos. En este primer día no te topás
con ninguno; aunque visitás el cerro, varios barrios y el aeropuerto. En un lapsus de nostalgia entrás al colegio donde estudiaste de jardín a quinto año. Todo está recreado en detalle. No sentís nostalgia por el lugar, en sí patético, sino porque te remite al Nintendo, a Super Mario Bros, al Family Game, al NBA JAM, a la primera playstation y recordás los cibers, donde ibas con tus amigos del barrio o del colegio cuando se hacían la yuta. Quizás no te das cuenta de que no extrañás tanto el Age of Empire o el Counter-Strike sino los vestigios de presencia humana a tu alrededor, materializados en gritos, insultos, risas.


******


Poema del libro Jaguares, de León David

XXI

Unos chicos escriben
con semillas de urucú en un paredón:
MUERTE A LA YUTA
El alumbrado público fue destruido
Durante las noches
las sectas del santo negro
irrumpen en la ciudad
con feroces gritos
Desfilan por las calles, buscándose
para devorarse entre sí

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