Los martes y jueves de sesiones, 60 diputados y 23 senadores se adicionan un privilegio: gozar del imponente cuadro "La muerte de Güemes", de Antonio Alice (1886 -1943). Tanta belleza y simbología -desconocidas por la mayoría de salteños y argentinos- permanecen encerradas en el hemiciclo del Palacio Legislativo.
El óleo mide 397 centímetros de ancho por 240 de alto; fue pintado en 1910 y ese mismo año premiado con medalla de oro en la Exposición Internacional de Arte del Centenario, realizada en la Capital Federal.
En noviembre de 1911, el gobierno de Avelino Figueroa lo adquirió por $12.000 y lo instaló en el actual Palacio Legislativo, inaugurado en 1902, que en ese tiempo albergaba a los tres poderes del Estado. En 1980 fue incluido por la Academia Nacional de Bellas Artes en el Inventario del Patrimonio Artístico Nacional. La tela está sensiblemente deteriorada, por lo que urge su restauración; padece los cambios de temperatura -corporal más que política- del augusto recinto: el aire acondicionado o la calefacción, en su caso, la comprimen o expanden como una esponja. Un verdadero tormento.
Lo dicho sobre esta pintura -en cuanto a valor artístico y significación cultural- lo trasladamos también al no menos impactante cuadro del artista italiano con devoción salteña Aristene Papi (1877 - 1954), colgado en la pared opuesta al otro: La Batalla de Salta de 294 por 190 centímetros, pintado en 1908. Fue afortunada y pacientemente restaurado por el sólido grupo especialista del Taller de Conservación y Restauración de Obras de Arte de la Dirección General de Patrimonio Cultural, en el bienio 2009-2010.
La tercera pintura en cuestión es "Güemes" del también italiano Lorenzo Gigli (1896 1983), un óleo sobre tela -404 por 353- pintado entre 1943 y 1946. Adquirido por la Provincia en 1971, el cuadro fue traído ese año a Salta (recomendado por el autor al recordado Jorge H. Román) y ubicado en el Salón Blanco de la ex sede gubernamental de Mitre 23. Al mutar en Centro Cultural América, lo trasladaron casi como un despojo a la Casa de Hernández en donde encontró cobijo y restauración por otro competente equipo especialista, en 1994. Sin embargo, la pintura no luce pues no hay allí una pared de las dimensiones necesarias para hacer impactante su vista y disfrute; tampoco podría salir de allí por ninguna abertura de esa habitación, condenado a vivir apoyado en una medianera.
Los tres artistas evocados, de reconocida trayectoria academicista, fueron a su vez maestros de otros y se convirtieron en referentes de la pintura histórica nacional. Hoy apenas los conocen los iniciados, pero no el gran público al cual corresponde aproximarlos.
Si algo merece resaltarse de nuestra memoria colectiva fue el protagonismo salteño en la gesta independentista, esfuerzo que a la postre nos costó caro. Nuestra ciudad capital debe exhibir su historia, identidad e idiosincrasia de todos los modos posibles: la tradición es un concepto vívido, mientras asuma el pasado tal como ocurrió para acrecentar el presente y proyectar el futuro común.
Demos pues ocasión a que las gestas belgraniana y güemesiana se difundan masivamente por obra de un arte superior. ¿Por qué no pensar, entonces, en el traslado de esas obras de arte, que son de todos, para admirarlas de cerca, en días y horas bien establecidos? Los grandes museos del mundo poseen pinturas y esculturas reconocibles, que los identifican y dan lustre; convocan multitudes, que los buscan en interminables galerías y hacen colas para admirarlas en el acto mágico de conexión espiritual. Para nuestra dimensión de escala, las tres mencionadas también lo son.
Y si dos décadas de sonidos de la Orquesta Sinfónica han educado nuestros oídos, obras plásticas de todos los estilos y autores nos educarán la vista. Ya se sabe que los cambios culturales ocurren en una generación, pero hay que apurarlos.
La oferta cultural de la Muy Noble y Leal Ciudad de Salta se ha incrementado notablemente en los últimos años. La tarea siguiente consiste en afianzarla aproximando la gente a nuestros principales museos, para que también suceda lo que en muchísimas ciudades: niños y jóvenes de toda clase, familias enteras atestando sus ámbitos, con o sin consignas escolares.
¿Qué obstáculos habría para sus traslados? Legales, ninguno irresoluble. Técnicos, es probable: no se trata solo de descolgar con extremo cuidado, embalarlos, transportarlos y ubicarlos, sino también y sobre todo preservarlos. Humanos tampoco, dado que hay equipos de probada competencia.
En verdad son pocos los lugares en que actualmente podrían estar seguros hasta tanto se les encuentre el sitio ideal para cada uno. ¿La planta baja del Palacio Legislativo?, ¿la Casa de Güemes remodelada de calle España al 700?, ¿una habitación ad hoc en la Casa de Castañares?, ¿el Museo de Bellas Artes, al menos por un tiempo?
El tema no se agota en darles el mejor ámbito y cuidarlas primorosamente: hace falta una política museística, sistemática, coherente y perdurable en el tiempo, con un presupuesto acorde y sin desvíos. Todos quedaríamos muy agradecidos.

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