Como si Jep Gambardella fuera real y se hubiera escapado de la imaginación de Sorrentino y de Roma para aterrizar en Viena, el "rey de la mundanidad" podría aparecer de fondo o sujetando la fina mano de Elisabetta Canalis en el Baile de la Ópera.
En su lugar estaba el acaudalado empresario austriaco de la construcción Richard Lugner, anfitrión del histórico evento.
Dedicó miradas de alegría a su pareja de baile y ella, que conjugaba como si flotara un vestido rojo de Vivienne Westwood con varios tatuajes que reptaban por su brazo, acudió tanto a esa metafórica falta de gravedad, que en uno de los pasos se le acabó saliendo un pecho.

También acudió al festejo Naomi Campbell, que llegó dos horas antes para «tuitear» a sus 357.000 seguidores en esta red social que iba a asistir a un baile que es de lista cerrada. La "diosa de ébano" lució, en contraste con su piel, vestido y abrigo inmaculadamente blancos. Y es que en Viena se saben bien lo de los contrastes pues, acostumbrados a unos invitados de cierta raigambre económica, pero también intelectual, hubo quien se desesperó en la ciudad con la asistencia el año pasado de Kim Kardashian. 250.000 euros le costó a Lugner que semejante tótem desfilara por tan maravilloso lugar.

En esta 59 edición, aunque se ha intentado elevar el nivel, no parece que se haya conseguido.

Canalis, exnovia de George Clooney, intentó aportar ese toque que Kardashian no tiene. Pero la foto le ha podido costar a la fiesta otra duda más entre los adjetivos «baile» y «rave». Y si la tradición le anteceden los valores al disfrute, las risas cómplices de Lugner parecían decir que el cliente siempre tiene la razón. Para bien y para mal, él es quien paga por las invitadas.

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