"Toda la teoría del universo está dirigida a un solo individuo: a ti", decía Walt Whitman. Leopoldo Teuco Castilla hizo de esta sentencia -conociéndola o no- una especie de precepto, de proa, de reloj despertador. El escritor salteño le ha puesto el oído como pocos a la música del universo, a la danza alborotada de las cosas. El resultado: "una poesía abrumadora", provista de "una palabra cuyo poder de encantamiento abraza el mundo". Los conceptos le pertenecen al poeta y crítico francés Sébastien Hoët, quien recientemente le dedicó a "Manada", uno de los últimos libros del Teuco Castilla, un elogioso comentario en la revista Les cahiers cititique de poesie (Francia).

"'Manada' es un libro donde intenté escribir sobre la manada humana, desde su origen hasta su extinción. Incluso hay poemas que hablan sobre los rastros llamémosles metafísicos (el lenguaje, los sueños, los dioses, etc) que dejarán flotando -vaya a saber en qué esfera- los hombres cuando desaparezcan del planeta. Este libro fue traducido al francés y publicado en Francia por la editorial Al Manar con una excelente traducción de Cristina Madero y Stephan Chaumet. Su presentación se hizo hace un año en París", le contó Castilla a El Tribuno.

Dentro de dos años se cumplirán 50 desde que el Teuco escribió su primer "intento de poema". "Fue el 15 de diciembre de 1961. No puedo olvidar esa fecha de tan malo que era", precisó el escritor que con los años fue capaz de incendiar los límites de su voz corriente para cantar desde la universalidad de la naturaleza. Siempre atento al mandato de la poesía, sin prisa y sin pausa.
La prolífera obra de Castilla crece en páginas mientras él suma millas. El sello español Editorial Visor acaba de publicarle una antología "Era el único planeta que cantaba", que es una selección de poemas de todos sus libros, excluyendo los tres primeros que son "de iniciación". "También se han integrado a este volumen poemas de dos libros que están a punto de editarse, 'Poesón (Al universo)', una serie de poemas sobre el cosmos. y 'Ngorongoro'. un libro de poemas sobre el Africa negra que viene a sumarse a 'Libro de Egipto' dentro de los trabajos que hice sobre ese continente. 'Ngorongoro' es un enorme cráter lleno de animales salvajes. La palabra quiere decir tierra fría o yerma", contó el escritor.

El Teuco -que es hijo de Manuel J. Castilla- dice que escribe por una confluencia implacable: "Primero el haber nacido en esa casa donde la poesía se respiraba todo el tiempo. Luego, un temprano interés por los libros. Y una niñez exacerbada por una imaginación a veces delicada y otras desmesurada cuando no truculenta".

Esa capacidad de moverse por mundos donde a veces el interlocutor era el Quijote o a veces un duende (que él -jura- veía con la misma nitidez que a la luna), hizo de él un poeta andante, capaz de entender que una brizna de hierba no es inferior al movimiento de los astros. "Yo hasta no hace mucho no viajaba más que por el viaje, por la aventura -relató el Teuco-. Pero los viajes fueron convirtiéndose en otra cosa: pasaron de un gusto a una necesidad imperiosa. Esa que te hace sentirte un tigre encerrado cuando a los cinco meses no te has ido lejos. Debo agradecerle a esos caminos el haberme llenado de asombro, el permitirme conocer en su completitud a los hombres de este mundo que tanto se parecen y tanto difieren en las culturas de uno a otro continente. Haber aprendido, cuando andábamos con mi hermano (Guaira Castilla) de mochileros por América, cuán generosa es la gente más humilde y que absurdas y ridículas son las fronteras. No he conocido gente más educada que los pueblos del Africa Negra ni más refinada que los del sudeste asiático. Lo que te enseña que, por ejemplo los racistas, son unos pobres señores ignorantes que sólo oyen a su espejo".

Como poeta, Manuel J. Castilla fue un talentoso a la hora de nombrar lo propio (el paisaje y el hombre del noroeste) salpicando al mundo. El recorrido del Teuco, en cambio, parece discurrir en sentido inverso: recorre el mundo para volver a su origen. Al respecto, el poeta señaló: "La voz poética no se consigue a través de los temas que se tocan sino luego de una pertinaz y estricta percepción de la autenticidad con que uno escribe. Es muy difícil que a mi padre no le fuera medular esta tierra donde tiene antepasados desde hace cuatro siglos. Esas son también mis raíces y es como dice el dicho: 'Es más fácil sacarle un huevo a un águila, que sacarme Salta a mí'. De hecho yo mismo ya escribía parecidito (o tal vez mejor) en mis primeros libros a la voz que tengo ahora... La que por otro lado se mueve de acuerdo al espíritu que exija el poema".

Para el Teuco, la poesía germina sobre sí misma: "Nosotros somos universo y lo que expresamos lo hace el Todo. La parte, digamos el supuesto autor, lo único que hace es recibir esa ofrenda y entregarla con el conocimiento de su oficio, lo más estéticamente presentable", afirma dejando entrever un par de ojos predispuestos a cierta forma de eternidad. Pero aclara: "Soy ateo politeísta. Lo que erróneamente se llama mágico no es más que la percepción de otras dimensiones del mundo que se han intuido en otras épocas y que, por no pasar por la famosa y excluyente causología, se tuvieron que metaforizar en representaciones como las mitologías. Nadie puede prescindir totalmente de la razón para moverse convencionalmente en esta realidad que acordamos. Sin embargo como dice Einstein, nada menos que Einstein: 'Quien no atenta contra la razón no descubre nada'".


Del libro Manada
VII
El hombre se ve entero en el ojo del animal
dentro de una gota
cayendo todavía en el aluvión de los astros.
Y ve el tigre tatuado por las llamas del sol
el tigre
clandestino
pisando apenas para no incendiar los campos.
Mira la víbora, guante del rayo,
la astronomía de la araña,
los nervios del relámpago en la cebra,
los meteoritos de los escarabajos,
la noche insepulta del toro
y la lujuria planetaria del saurio.
Todo el cosmos preso en la manada.
Menos el colibrí que tiembla, fijo en el aire.
Ese
recién está llegando.
Del libro Poesón (Al universo)


EL ESTALLIDO
El primer estallido
concibió la naturaleza
y por un segundo
fue inolvidable.
Y no pudo sentir más.
La destruyó
como la fotografía
que, antes de lanzarse al vacío,
rompen
los suicidas.
Ahora tenía
a quien decirle adiós.
Soltó el detonante
de sus laberintos
y envuelto
por un entristecido
perfume de arboledas
se encandiló
y
como un ángel
desapareció en sí mismo.

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