Juana Dib nunca dejó de escribir. Lo hacía a mano, en un cuaderno y con letra temblorosa pero prolija. Mientras publicaba un libro ya tenía otro en ciernes. Había una profunda y mágica contradicción entre su cuerpo frágil, sus movimientos pausados y la enorme vitalidad de su pluma.
La mirada fuerte y escudriñadora de Juana se apagó hace apenas seis días, pero su legado literario quedó entre nosotros como una estela persistentemente viva. Su herencia comprende los once libros que escribió desde la década del 80 hasta el año pasado, cuando, a los 90 años, presentó Hierro dulce, un exquisito libro de semblanzas dedicado a sus amigos. Pero como era habitual en Juana (ir a visitarla era siempre una fiesta, porque era la mejor y más generosa de las anfitrionas), antes de partir insistió en dejarnos un último convite: a la redacción de El Tribuno llegó un sobre escrito por ella, de puño y letra. El contenido: una invitación para la presentación de su último libro de cuentos, Destino: la Argentina (Ed. Hanne), que se realizará hoy a las 19.30 en Pro Cultura (Mitre 331).
El hado -como suele suceder- fue más veloz y más irónico que los tiempos terrenales. El sobre escrito por Juana llegó unos días después de su partida, como un mágico epílogo de su vida marcada por las obligaciones tempranas, el amor incondicional hacia la familia, las pérdidas, el talento literario, los reconocimientos y las esperas.
Destino: la Argentina se publicó con el respaldo del Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura de la Provincia. Juana no estará presente esta vez para acompañar atentamente la presentación su último libro, el doceavo de su tardía pero fructífera carrera literaria. Con 91 años, la ganadora del primer premio del Concurso Provincial de Novela 2010 era una mujer extremadamente lúcida e informada. Como hija de padres sirios, estaba especialmente atenta a las noticias provenientes de la región del Orontes y del Jordán: la añorada cuna de sus ancestros.
En Destino: la Argentina, Juana aborda un tema de candente actualidad: emigración e inmigración. En sus páginas corren, en poéticos ríos de tinta, las historias de amor y desamor, de soledad, de esperanza y de nostalgia de inmigrantes sirios, japoneses, griegos, españoles, italianos y rusos que un día eligieron afincarse en Salta.
Aunque ambientados en Salta, en los relatos de Juana Dib se puede vivenciar el desgarro "de las personas que salieron y salen de su patria por distintos motivos y que volvieron a ella mucho tiempo después o no volvieron. Es la escena de la partida. Partida en el sentido de acción que inicia un viaje, un recorrido, un nuevo destino, y partida en el sentido de la acción que parte en dos o en mil pedazos las vidas de las personas", señala Raquel Espinosa, encargada de presentar hoy el último libro de Juana.
El niño sirio cuya fotografía se convirtió ayer en el símbolo de la tragedia de los refugiados -con su diminuta remera roja y su pantalón azul, tendido sin vida en una turística playa turca- es la postal más triste de un drama que Juana Dib denunció desde siempre con el delicado filo de su poesía.

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