La amistad es sin dudas una parte fundamental en la vida de la ciudad de Salta. Establece lazos que alcanzan profundamente las vidas de las personas. Con equivocaciones y aciertos, la sociedad salteña sería impensable sin la circulación de ese vínculo. Y así como la provincia tiene íconos del amor -el de Güemes y Carmen Puch-, de fe -el Señor del Milagro-, de traición -el asesinato del mismo Güemes-, la amistad tiene el suyo: la relación entre Manuel J. Castilla y Gustavo Leguizamón.

Luego de haber hecho juntos uno de los cancioneros más bellos de la música popular del idioma castellano, hay quienes suponen que se trata de una misma persona con dos apellidos, pero la dupla creativa Gustavo "Cuchi" Leguizamón - Manuel J. Castilla se basó en una fuerte amistad que implicó la vida de cada uno. Juntos iniciaron un viaje alucinado por el territorio salteño que influenció en su arte de manera rotunda y que luego haría lo propio con varias generaciones.

Los protagonistas de esta historia provenían de cunas muy distintas. Gustavo "Cuchi" Leguizamón había nacido el 29 de septiembre de 1917, en una familia tradicional. Era pariente del mismísimo virrey del Perú Francisco de Toledo. De niño tuvo música alrededor aunque se negó a seguirla como una carrera y se recibió de abogado. Manuel José Castilla, en cambio, nació el 14 de agosto de 1918 en la casa ferroviaria de Cerrillos donde su padre, Ricardo Anselmo, era jefe de Estación. Sin terminar el Colegio Salesiano (tuvo que repetir tres veces primer año), a los 18 ya trabaja en El Intransigente.

Fue en 1943 cuando el poeta jujeño Raúl Galván funda en Tucumán el grupo La Carpa con un manifiesto en el que lo festivo y vital recuperaba el paisaje del entorno como el lugar desde donde "decir el mundo". Es en este ambiente donde por primera vez Manuel Castilla, de unos 25 años, se encuentra con un Cuchi recién llegado de La Plata. Las risotadas de volcán del músico y su humor surrealista cautivan al poeta por la semejanza de sus personalidades. Y nunca más se separarían.

Miles de anécdotas pueblan ese camino común, cuyas reseñas son una deuda que algún día se deberá saldar. También hay un vínculo único con otros grandes aristas de su generación como Luis "Pajita" García Bes, con quienes harían títeres y caminarían el extenso mapa del NOA. O el español León Felipe, que vino a Salta por tres días y recién pudo escapar tres años después. Socios de un "tiempo edénico" para no olvidar, en el que el significado de la amistad lo era todo.

Una amistad que fluyó a lo universal

Aunque asegura que vivió poco la amistad del Cuchi y Castilla por ser chico y estar lejos, Juan Martín Leguizamón siente que esa amistad creativa reflejó un profundo compromiso con expresar a través de su arte la vida que los rodeaba. “Me parece que estaban muy influenciados por ciertas vanguardias, de hermandades artísticas. Formaron parte de grupos, con perfiles y manifiestos artísticos, como lo fue La Carpa. Y en esa época el encuentro era el común denominador. Y se extendía no solo al mundo literario de Salta sino que lo hacía a una movida latinoamericana”, dice.

“Hubo mucha amistad y arte con personas como Gertrudis Chale, León Felipe, Botelli. Había también esa sensación del espacio común y compartido, donde lo artístico ayudaba a la construcción de un ámbito común entre cierta gente. Eso les permitió una amistad creativa, una confidencia que se ve en las obras. Y, además, si uno se pone a ver, la obra musical del Cuchi mayoritariamente es con letra de Manuel. Y las letras de Manuel mayoritariamente tienen música del Cuchi.

En los hechos establecen un vínculo preferencial, se entendían en muchos aspectos del cómo se produce, del dónde nace y a dónde apuntan en la creación artística. Con esto tuvieron una proyección universal”, dice Juan Martín Leguizamón.


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