Aunque era la primavera de 1977, Leonardo "Yayo" Pellegrini, pintor y arquitecto, hoy recuerda como si fuese aquella tarde en la que Antonio Mauricio, su papá, al verlo dibujar se le sentó al lado. "Te voy a enseñar a hacer colores", le dijo, trayendo témperas y óleos. Y detenidamente comenzó a revelarle todo un mundo. "Puso los colores primarios y empezó a hacer una paleta. ¿Ves ese paisaje de Pautassi? Bueno, ¡lo copió tal cual mientras me explicaba! Para mí era magia", dice ahora Yayo, con un Gran Premio de Honor Provincial encima y dueño de un arte muy personal que lo llevó por grandes salones.
Cuando él vino al mundo, Antonio Mauricio ya era arquitecto. Su abuelo Giorgio, nacido antes de la Primera Guerra Mundial en una región de Italia que hoy es Croacia, había llegado a Salta en 1934. Y como las dos generaciones que lo siguieron, él también era constructor. "Así que crecí en medio de las obras. Mi primer viaje en avión fue a Orán, cuando iban a inaugurar la Catedral local, que proyectó y levantó mi viejo", recuerda el artista. "Siempre estuve en relación con lo espacial, con las texturas y con los materiales. A los cinco años yo ya sabía que iba a ser arquitecto", cuenta.

Después de aquella tarde de los colores, Yayo y su papá comenzaron a pintar juntos. "Todos los sábados antes de comer llevábamos telas y nos poníamos a pintar. Una vez subimos al San Bernardo y parece que yo tenía problemas con la perspectiva porque me dejó un libro al respecto. Cuando mi viejo se levantaba de la siesta, siempre se fijaba en lo que yo había hecho y después me lo comentaba", recuerda el artista.

Pero no fue sino hasta la Universidad cuando Yayo se dio cuenta de la estatura de su padre. "Él estudió cuando la Facultad de Arquitectura de Tucumán era un hito mundial, a donde llegaban estudiantes de la India o de Europa. Tenía profesores como el maestro Sacriste -que lo recordaba cuando lo entrevisté- y un par de cursos adelante lo tenía de compañero a César Pelli. Todos lo recordaban. En Salta, en los años 50, hizo un trabajo importante en el gremialismo, organizando la Sociedad de Arquitectos que hace poco lo nombró presidente vitalicio. Y fue uno de los fundadores de la Facultad de Arquitectura de la Católica, de la que es profesor emérito. Pero, sobre todo, mi viejo se volcó por el lado social de la arquitectura. Específicamente desarrolló el aspecto tecnológico y del material en lo constructivo. Fue profesor de Elementos del diseño y de la Construcción y desarrolló un trabajo en el que aportó elementos modernos, pero respetando la tradición y el paisaje como elementos esenciales de lo que hay para decir en arquitectura. Y es una bandera que también llevo yo cuando se trata de hacer arquitectura", señala Yayo Pellegrini.

Desde aquella tarde inicial y las primeras pinturas junto a su padre, Yayo siguió profundizando en las artes plásticas y en su propia expresión. "Mi viejo siempre me dio y todavía me da su opinión. En general sobre el equilibrio de las formas y los colores. Pero una vez, mientras veíamos uno de mis cuadros, me dijo. 'Bueno, hasta aquí llegué yo', queriéndome decir que más allá, mi búsqueda dependía solo de mí y mi visión, porque él ya me había dado todo lo que sabía. Pero nunca dejó de ser exigente, de impulsarme lejos de lo que consideraba como la mediocridad... Pero si hay algo que puedo decir que es mi viejo, sobre todo diría que se trata de un tipo íntegro. Por ahí se dice: 'Tal es un buen tipo. Estaba con X que era fule, pero él nunca se metió'. No. Mi viejo nunca transó. Se iba dando un portazo y así perdió fortunas por no 'prenderse' en negociados. Él tenía una idea y se prendía fuego por cumplirla. Ese es un valor que me enseñó sin tener que explicarlo".

La sutileza de enseñar a ser sí mismo


Mi viejo nunca me forzó a seguir sus pasos, sin embargo, uno aprende lo que ve.

¿Cómo se enseña a los hijos seguir el camino que ha abierto un padre? Según Yayo Pellegrini, “mi viejo nunca me forzó para que siguiera sus pasos. Más bien, siempre estaba atento a apoyarme en lo que yo necesitaba. Una vez, de chico, hice una cabeza de Kin Kong en arcilla. Él se la llevó y se la mostró a una profesora de cerámica. Y comencé a estudiar con ella. Vos viste, más allá de lo discursivo, uno aprende lo que ve”, cuenta.

A pesar de haber desarrollado varios proyectos arquitectónicos juntos, muy pocos llegaron a concretarse. “Igual, el proceso de hacerlo era excelente. Discutíamos y llegábamos a dar gritos por cosas como dónde poner un espacio o cómo aprovechar una textura. Era genial. Yo nunca dejo de aprender con él. Mi propia casa, que era su proyecto, era una escuela para mí: el uso del material, las líneas, todo me enseñaba algo”, dice.

Antonio Mauricio Pellegrini, padre de Yayo, desarrolló un sistema de construcción barato y que incluye a la comunidad a la que va dirigida. “Él desarrolló el ‘bloque de viruta’, que se hace con material reciclado y tiene un sistema constructivo que permite hacer viviendas con mucho menor costo que las del mercado e involucra a la gente. Todo está resumido en un libro pronto a salir: ‘La vivienda social’, en la que mi viejo explica el método... Es un tipo honesto, ¡extrañamente derecho!”, dice, y se ríe.

Una vida de pinturas

Leonardo “Yayo” Pellegrini nació en Salta el 29 de noviembre de 1969.

Actualmente vive en esta ciudad, donde alterna la actividad artística con su estudio de arquitectura y su actividad docente en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo en la Universidad Católica. Se formó en la Universidad Nacional de Tucumán. Realizó muestras individuales y colectivas en Argentina y en el exterior. Obtuvo, entre otros, el Premio Técnicas Experimentales XXII Salón Provincial de Artes Plásticas (2002); el Primer premio XXIII Salón Provincial de Artes Plásticas (2003); Primera Mención XXV Salón Provincial de Artes Plásticas, Disciplina Dibujo (2006); Primer Premio, I Salón Provincial de Pintura Hotel Sheraton (2006); Gran Premio de Honor XXVI Salón Provincial de Artes Plásticas, Disciplina Pintura (2007); Gran Premio de Honor Salón Nacional de Artes Plásticas de Pequeño Formato.



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