Sus ojos azules revelan una voluntad y una pasión que inspiran e iluminan. Además de una gran simpatía y carisma, su tenacidad hizo posible algo que parecía lejano: que el viejo y derruido edificio de la biblioteca popular Tata Sarapura, de San Lorenzo, se convirtiera en un moderno espacio para albergar a chicos, jóvenes y jubilados con ansias de leer, aprender o simplemente dejar volar su imaginación.

Sus 76 años no fueron impedimento para que María Eugenia Legrand llevara a cabo este sueño y lo concretara, pese a los innumerables obstáculos que se presentaron a lo largo del camino.
Hace 17 años, junto con un grupo de mujeres, decidió convertir el abandonado mercado artesanal, ubicado en la calle Juan Carlos Dávalos, a la vuelta de la parroquia local, en un espacio de lectura.
Lograron reunir donaciones de libros y, junto a varias voluntarias, trabajó contra viento y marea durante años para mantener abierto el lugar.

Maquena, como la llaman cariñosamente, recuerda: "Nos juntábamos a tejer en telar en el mercado artesanal y surgió lo de la biblioteca. Nadie usaba el lugar, porque los artesanos se iban a vender a la quebrada, así que pedimos el comodato y nos lo dieron por siete años. Lo fuimos renovando y ahora tenemos un comodato por 99 años o mientras funcione la biblioteca", cuenta.

La tarea fue ardua, solo tenían dos salas y los libros estaban tirados en el piso por falta de espacio, los techos se llovían y no tenían luz ni agua.

El sueño de remozar el edificio comenzó a hacerse realidad hace tiempo, luego de una visita del gobernador Urtubey, quien se comprometió a impulsar las obras.

Un lugar en el mundo
Maquena nació en Potosí, Bolivia, en 1938. Un argentino le robó el corazón, se casó y se instalaron en Bariloche, donde vivieron 10 años. "Quería que mi hija se criara en Latinoamérica. Creo en la familia y en la amistad, en lo que somos los latinoamericanos", afirma.

Cansados del frío patagónico, decidieron recorrer Argentina en busca de un lugar para afincarse. Llegaron a Salta en 1984 y no se fueron nunca más. "Llegamos a la provincia una mañana y a la tarde los tres estábamos enamorados de Salta. Habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo. Elegimos San Lorenzo porque tenía un poco de Bariloche, pero con temperaturas más benignas. Mis nietos son salteños. Yo soy ciento por ciento salteña y salorenceña", asevera esta hermosa mujer, que lleva 49 años de casada.

Los costos
Hoy, el principal anhelo de Maquena es que la biblioteca pueda contar con dos empleadas de manera permanente, para ampliar el horario de atención y que dicho trabajo sea remunerado.
Los gastos de la biblioteca son solventados con un pequeño subsidio nacional y el aporte de $30 mensuales de los socios. Sin embargo, ello resulta insuficiente para abonar el sueldo de la bibliotecaria y las voluntarias que allí colaboran.

"Yo no quiero ningún pago, para mí, me basta cuando pasa algún niño y me dice que ya sabe las tablas o que aprobó las materias", señala esta admirable mujer que supo ganarse el cariño de los sanlorenceños.

La inauguración
El sábado pasado, la inauguración de la biblioteca popular Tata Sarapura fue una verdadera fiesta.
El rasgo distintivo fue la emoción y el agradecimiento de los presentes, entre vecinos, autoridades nacionales, provinciales y municipales, que vieron en Maquena a la gran hacedora de este logro.
La falta de espacio, la humedad y las goteras que echaron a perder numerosos libros, así como la imposibilidad de hacer frente los costos de las reparaciones... todo eso ya es historia.
Hoy el moderno edificio cuenta con dos salas de lectura, una sala para niños, un aula, una sala de exposición, un salón de usos múltiples para muestras, charlas y capacitaciones, y baños.
Sus 15 mil libros están a disposición de la comunidad, de 10 a 12 y de 14 a 18.
"Son años de voluntariado, hago esto porque amo la cultura y la literatura, el libro debe ser parte de la vida de los chicos", contó Roxana Juárez, quien trabaja como bibliotecaria desde los inicios de este proyecto comunitario.

Hoy el empuje inquebrantable de Maquena dio frutos. Su amor por los libros la desborda, y, aunque cuenta entre risas que nunca fue docente, sino "ututa", sabe que su accionar dejará un legado valiosísimo para toda la comunidad.

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