El "Profesor Jirafales", el personaje más entrañable del actor Rubén Aguirre, permeó la cultura popular y permanecerá entre las más apreciadas memorias de infancia de muchos latinoamericanos. Lo sorprendente es que a pesar de todo esto, en una entrevista en 2014, el actor le confesó al periodista de espectáculos Gustavo Adolfo Infante, que él era igualito a Jirafales, por lo que interpretar el papel nunca le fue un problema: "somos iguales". Aguirre siempre reconoció que la interpretación del profesor le había dado fama en toda América Latina, pero eso no fue suficiente para considerarlo su favorito.
Como casi todos los personajes de "La vecindad del Chavo", Rubén Aguirre también se aventuró a salir de gira con su circo y estuvo mucho tiempo en Argentina, aunque en 2013 se tuvo que alejar de la carpa por problemas de salud. Estando el Circo del profesor Jirafales en Córdoba, tuve la suerte de ser su coach personal. Recuerdo las conversaciones que nos sugirió tener el doctor Raúl Becacecce quién lo atendía del fuerte dolor de columna. Se esforzaba mucho para agacharse a saludar a todos los niños. Nadie sabía cuánto le dolía el cuerpo pero era incapaz de decirle que no a un papá con su hijo. Recuerdo especialmente cuando el doctor le dijo: "Tome té de diente de león y de pezuña de vaca" y él le contestó: "Taaa taaa ta... qué difícil va a ser, doctor, sacarle un diente al león y la pezuña a la vaca". Aguirre y Jirafales, que eran uno y el mismo, me inpiraron para este aprendizaje transformacional con raíz circense, que comparto ahora con ustedes:

La vida se nos presenta en algunas oportunidades, corporizada, como un ser que vive a la par de nosotros con identidad manifiesta y se comunica en forma directa y llana. Animarnos a tomar acción para concretar nuestros derechos de tangibilizar sueños, ideas y visiones, es un tiempo que nunca se mide con el reloj sino que tienen una brújula personal, que nos orienta y nos pone en nuestro verdadero camino. Los relojes marcan las horas, la brújula marca los logros conectados con la razón de ser de cada uno.

Tuve, tengo y tendré momentos brújulas donde siento la cara esplendorosa de la vida que me guiña el ojo derecho con una sonrisa amplia a punto de convertirse en carcajada estridente extendiendo los brazos que terminan en pulgares hacia arriba. Eso es lo que sentí apenas llegue al circo y la sensación me acompañó en todos los momentos: intensos y calmos, llenos de ahoras en todos los instantes, explosiones de asombro, repletos de colores, olores y sonidos que se unen formando una catarata de conexiones con otros momentos brújula de mi pasado intactos en mi alma, como cuando conocí a Cacho mi linyera; la llegada a Ein shemer, mi kibutz; los aromas a Sajleb en la puerta de Damasco en la dorada Jerusalén; los plomizos colores y el tacto suave de tu mano cuando miramos hacia arriba surcando la torre Eiffel; las auroras boreales interminables en el mar de Islandia; las ventanas desnudas de Ámsterdam; los niños tibios del invierno ruso; las pieles resecas de los chicos santiagueños en el monte ardiente; el momento que me reencontré con vos a las 10 en la plataforma 10 de Florencia...

La carpa del circo es un vientre henchido, azul con estrellas, sujetado con cuatro gigantes agujas equidistantes simulando el mejor tratamiento de acupuntura para ordenar la energía que nace en cada noche dentro tuyo, con luces que se prenden para alumbrar el nacer de las chispeantes risas de los niños de ahora y desde los que se animaron a conservarse eternos en el asombro.
Cada uno de los 10.000 focos de 40 que se encienden para soltar sueños de alegría, son casi 10.000 luciérnagas volandote la imaginación, intermitentes, intensas, imposibles de separar entre lo que pasa allí en el afuera y lo que transcurre dentro del vientre bullicioso.

Sillas ocupadas aunque estén vacías, repletas de risas, asombros e intrigas, decenas de parantes testigos de sudores, cuerdas de innumerables grosores cuidadas para cuidar que la función siga y que los vuelos lleguen burlando la red; reflectores como lupa que iluminan a los artistas, artistas que siguen a los reflectores, escenario que dibuja escenas, el ruedo multicolor suave y fuerte que suena chispeante ante cada caída y a cada paso, un ruedo que copia las emociones de las acciones de los transeúntes de la risa y las intrigas, por esa lona pasaron tantos y se quedaron todos. Pisé descalzo tu textura, sentí la temperatura de la vida llena del aquí y ahora omnipresente, la red de soporte tensa para estar flexible para las caídas; de las telas de colores brillantes y tenues que envuelven cuerpos torneados haciendo interminables tirabuzones. Llena de miradas sombrías queriendo encontrar una estrella que se coló en la matriz intermitente, zapatones amarillos con lengüeta roja, zapatones rojos con lengüeta amarilla, prestos para ser cambiados velozmente por el dueño de los asombros: el conocido Microbio nieto del legendario Caracolito desde hace muchos años sabía que estaría donde está, sabiendo quién es el que es. Un telón fuxia gigante arrugado a propósito marca el límite de las intrigas entre lo que se ve y lo que se puede imaginar, el atrás con pocas luces imita al mundo cotidiano, cerrado oscuro sin brillo, privado, serio y hasta triste, no dan ganas de estar allí. Tal vez por eso los protagonistas esperan afuera del vientre para entrar velocespor el dintel del telónque transforma todo como una varita mágica.

Cada función es solo el entrenamiento para la siguiente, tal vez para ustedes amigos nunca exista la última, ya que ensayan en cada instante, en cada vuelo de Martín para tomar a Facundo su hermano, es un canto sintético que celebra el poder del vínculo más extenso en la vida de los mortales: tejen y tejen hermandades y son la cuarta generación de los hermanos Tejedor.
Los vendedores de dulces hacen de los niños jaurías de huelguistas instantáneos reclamando a sus gobernantes por algo que en la bandeja pasa para los ojos buscadores, los vendedores aplauden primero.

Detrás de la Carpa
La música suplanta al locutor, la orquesta está presente dentro de un monitor, la impecabilidad de los acordes justo en cada instante necesario hace de Aníbal un anónimo artista detrás de la casilla musical, esa que nadie se percata y que está justo arriba del toldo donde entras y te maravilla el escenario y por donde te vas sonriendo hipnotizado por lo que te llevas. Aníbal no sale a saludar se inventa sus reconocimientos, es el primero en llegar y el último en irse, es el que no está, el que nadie ve pero el que hace que los demás se vean.

Los chóferes de la caravana durante la función cenan detrás del vientre en sus mesas con mantel. Son artistas para desarmar, acomodar, encontrar espacios y tragar kilómetros hacia cada destino nuevo. Mientras cenan, sólo por los silencios, saben reconocer en que tramo está la función.
Los innumerables perros que se unen y desunen al raid interminable de 60 años, ellos hacen silencio de radio durante las dos horas de función. Ni siquiera caminan pero apenas termina y se va el último espectador comienza el concierto de ladridos. Se ubican en estratégicas esquinas del campamento y montan pretoriana guardia; ese es el código para ser perro y pertenecer.
Los cables circundan lugares insospechados, compiten con las sogas, el trapecio, las telas, los aros, aquí es todo circular: la boca del asombro, lo ojos en guiño, el ruedo, las mesas, los abrazos, los cables de más, el micrófono, los movimientos, los dibujos de la varita mágica en el aire, los saludos. Todo sale del vientre gigante.

El morir y vivir en la casa de la risa está impactado por la intensidad del ya, es la imbatible forma de quedarse estable como se dice cuando alguien se detiene en algún lugar, cuando te clavás en la tierra y no seguís corporalmente con el circo, esto también se festeja ya que es parte de la gran función y el cerrado aplauso corona el hecho, pero el "estable" sigue rondando, llenando sillas vacías, haciendo bulto, tensando sogas, cuidando, dando aire, haciendo pochoclos, tumbando y parando la carpa en cada lugar, nadie aquí queda estable totalmente, ¡nadie!

Grandes niños
Los niños me engrandecieron el corazón. Sofía de un poco más de dos años ya sabe lo que hace y lo que representa, saluda con sus bracitos perpendiculares a su cuerpo diminuto, el pie derecho en punta delante del pie izquierdo, la sonrisa de souvenir e infinitos besos al mar crecido de espectadores, ella solo sale en la presentación vespertina, la de la noche se la dedica a saludar sus sueños en la cucheta del carromato. Ella juega a trabajar en un circo y lo logra. Me encantaría ver a donde llegará la pequeña dama, estará en los aros, o tal vez en la colchoneta, en el trapecio volando, seguro estoy que seguirá siendo feliz.
Camila con sus diez años es la figura central del espectáculo protagonista del cuento mágico en busca de los sueños, niña que viajas por el inmenso vientre tenso en un aro rosa como un hada pensativa buscadora y perseverante, niña de ojos brillantes, competencia de la luna, lectora voraz, sonrisa completa al correr por los costados de la carpa, escondiéndose para asombrar, sorteando cada soga en la oscuridad, siempre recordaré a esta niña de la cuarta generación Tejedor.

Agostina con sus cuatro meses estrenando la quinta generación, ya aprendió a llenar una sonrisa por nada, primer pasaporte para pertenecer, aprender a sonreír con las encías solamente, su mami baja del trapecio a darle de mamar, se nutre de vuelos, le cambian los pañales en colchonetas, juega entre las cuerdas. Ella ya sabe cómo ganarse la libertad. Pequeño ángel, tenerla en mis brazos fue una sensación de sujetar un globo que ya se mueve inquieto buscando su cielo.

Los viejos
La abuela con más de cuarenta años de movimiento, ya no hace volar palomas pero si a sus nietos. Despidió en aquel pueblo a la vieja Yenni que se empecinó en quedar estable, la arrugada partener, la elefanta, algunos repitentes de la función de años preguntan: ¿está la Yenni? Sin lugar a dudas se deja de existir sólo cuando nadie te recuerda, abuela de modales completos llana y de presencia sabedora, de todas las fechas pasadas y próximas de los partidos de fútbol de la selección argentina, mis más grandes respetos, sus nietos la adoran, su ensalada de repollo blanco en la mesa era un blanco perfecto de todos nosotros, el silencio de su risa, espanta la invitación a quedarse instalados en algún pueblo, a que viva la inestabilidad.

Es la riqueza de haber vivido con ustedes descubriendo el arte del movimiento y del desapego, de saber que cada uno tiene lo que puede trasladar.
Vivir con un Circo fue una de las experiencias más bellas de mi vida. Fue en la parada de Ituzaingó, Corrientes. Gracias a toda la comunidad Lowandi que siempre se mueve en lo mejor de mí. Y a vos te pregunto: ¿Cual es tu capital trasladable, eso que nunca perderás?

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora