El viernes 15 de enero dijo adiós. Los 93 años le pesaban en el cuerpo y sus manos, deliciosas de arte, casi no reconocían ya los pinceles encarnados. Domingo Zorrilla partió con el alma llena de besos, de rostros y paisajes. Entrar por la puerta de su atelier en la calle Bernardo de Irigoyen, en Rosario de Lerma, era atravesar un mundo de caballetes y lienzos, de óleos y trementina. Era un arribo aventurero a la vida pincelada de personajes y paisajes nuestros, de vivencias norteñas en cada impactante escena. Los tobas, los wichis, los collas, gente de los cerros y de los valles, todos fueron plasmados en sus lugares y con sus costumbres en las telas del maestro. Más que cuadros, Zorrilla ha logrado testimonios de la vida de los siglos XX y XXI en el norte argentino. Nacido en Salta el 20 de febrero de 1923, con 93 años, el artista autodidacta, jubilado docente, se definía a sí mismo con elegante humildad: "lo mío es literal y doméstico, soy un pintor chalchalero".
En su casa de Rosario de Lerma, donde vivía desde 1946, recibió muchas veces la visita de El Tribuno para charlar de su arte: "La pucha, qué distinción que me convoquen para estar en el diario", valoraba.
Hijo de un comerciante español orgulloso de la actitud artística de Domingo, a los 6 años ya pintaba y dibujaba en papel de estraza. En 1946 llegó a Rosario de Lerma para ser director de la escuela 89, de Villa Mercedes, a la que él mismo bautizó con el nombre "Coronel Vicente Torino".
Zorrilla amaba el pueblo que pintó en detalle y en épocas diferentes, encontró en Rosario de Lerma el lugar ideal para manifestarse como maestro y como pintor. Siempre aclaraba: "Yo no pasé los umbrales de la academia para recibir técnicas superiores. Todo lo que hice fue espontáneo, impulsado por un sentimiento natural que es el que me inspira para pintar. Soy un pintor vocacional".
Admirador del genial pintor costumbrista Fernando Fader, le puso Fernando a un hijo en su honor.
Con más de mil cuadros pintados y 90 exposiciones realizadas en Argentina, también se dio el lujo de mostrar su obra en Cuzco (Perú), en México y en Málaga (sur de Europa). Nunca pintó motivos abstractos, con sentido ilusorio. Pintó al perro, al gato, al vecino, la plaza, la iglesia, las veredas altas.... "Mi pintura es literal y doméstica", aseguraba.
Cada maravillosa escena fue un vivo testimonio del espíritu del pintor. Fue feliz. Salió airoso en la lucha por pintar su paisaje. Descanse en paz, maestro.

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